A las seis sonó el despertador, y, como todos los días, tardó un cuarto de hora en levantarse. Muy despacio cogió el chándal del armario y lo llevó al cuarto de baño. Se desnudó y se metió en la ducha, dejando que el agua caliente le cayese encima. Cerró el grifo algo más tarde de las seis y media, y rápidamente se enrolló el pelo con una toalla y se vistió. De nuevo en su habitación, con el pelo todavía mojado, se sentó al escritorio con el libro de literatura delante y empezó a estudiar por donde lo había dejado la noche anterior para el examen que tendría esa misma mañana. Poco después de las siete y media oyó la voz en grito de su madre diciéndole que se iba a trabajar, y que le dejaba una manzana sobre la mesa por si tenía hambre. Se lavó los dientes deprisa y se fue, dejando la manzana donde estaba. Cuando llegó al instituto todavía faltaban diez minutos para que tocase el timbre, así que, apoyada en una pared, sacó el libro de literatura otra vez y volvió a repasarlo todo. Al sentarse delante de la hoja de papel recordó la manzana roja que había dejado sobre la mesa y la echó de menos. Cuando sonó el timbre de nuevo, todavía no había acabado el examen, pero aún así se levantó deprisa para entregarlo. A medio camino entre su mesa y la de la profesora, el aula empezó a dar vueltas y ella tuvo que agarrarse a una mesa para no caer. Cuando se le hubo pasado el mareo, entregó el examen y bajó al gimnasio a paso ligero con una mano apoyada en la pared. Después de dejar la bolsa en el vestuario fue con el resto de la clase, que ya rodeaba al profesor, que, con el silbato y el cronómetro ya colgados del cuello, les daba órdenes de comenzar a correr alrededor de la pista de baloncesto. Todos empezaron a correr, los chicos delante y las chicas detrás, pero ella pronto se quedó rezagada. Arrastró los pies por el suelo hasta que todo empezó a dar vueltas igual que el aula de literatura y, cuando no tuvo nada a qué sujetarse, cerró los ojos y cayó de espaldas.
Relato de Lucía Cervera.